Pero Marcelino Calero era inocente, al Vargas lo había asesinado el
primo Luis, que pidió ayuda al hijo de
Ernesto porque el no se animaba a hacerlo solo. Los Vargas Tenían mala sangre en
las venas, calculo que si a uno de ellos
se cortara y desangrara , el rojo jugo que se derramara al suelo, mataría la
vida y ni en cien años volvería a verse crecer escobilla de zacate o gusano
alguno en ese lugar. Cuando llegan a la cantina del centro nadie podía quedarse
allí o ellos lo mataban a balazos.
Al filo del
veranillo de San Juan y con esa aura que cubre como sereno a la luna, presagio seguro de un día
de lluvia torrencial; Alfredo Cruz estaba en
la barra adormecido en un sueño de alcohol profundo que solo la pelona
galopante parca podría despertar;y así fue ,los Vargas llegaron y hasta el Cadejos
con sus cadenas se fue, era el cholo Alfredo que ni con los gritos de la
llorona se despertó. El descuido le costo la vida.
Me cuenta Angel Castro, que una vez en la loma de Picoblanco apostaron
a sacar puntería con polaco que venía a la distancia, que afamado en su labor
de cobro apenas sintió el proyectil lanzado con sarna , que le entro por la oreja, le pulverizó la sien y le salió
reventando por detrás de la nuca. Nadie pudo hacer nada, ellos eran intocables.
Juan ,el tata, era el jefe de los guardaespaldas del general.
Pero Marcelino Calero era inocente de esa culpa que le señalaban. Era
sábado de gloria, y por ser día santo , el Tata Vargas no andaba el revolver, lo dejaba
resguardado en casa para respetar la festividad. Aunque lo hubiera andado no
creo que pudiese sacarlo, envuelto en vendas de trapo cuidadosamente doblado y
dentro de la alforja que llevaba a su espalda; dudo que tuviera momento para
sacarlo.
Era extraño, su finca era toda verdor y la atravesaba el río, torrente
de vida para todo a su alrededor. Pero el vivía en la loma más seca de todo el lugar ,donde el
agua solo llegaba en las tardes de lluvia de los meses noviembre. Su finca era
famosa en todo el pueblo por los deliciosos mangos del sembradío que estaban
entre el cafetal y el río.
Cuenta la tía Irene que todos los sábados le Tata Vargas compraba en el beneficio
cuatro sacos de azúcar para echarlos en las raíces de los árboles, esos mangos
eran dulces aun teniendo la cascara verde . Esa fama se había extendido como la
noticia de festín de mortandad entre los zopilotes, desde el pueblo vecino venían a robar
los dulces mangos. Pero ese sábado de gloria eran Luis y Ernesto los que venían a disfrutar del ilícito manjar,y además aprovechar para vengar la muerte de
padre, a mano de uno de los Vargas .
Pero Marcelino Calero era inocente de maldad que otros le atribuían.
Ese sábado como otros días el Tata Vargas viajaba con su caballo al río para llevar agua a
su seca casa. Al detenerse para arreglar la cerca que vio partida, cerca que
había sido cortada a modo de emboscada.
Por como estaba su cuerpo , el hombre se defendió como pudo .Siete
machetazos en su cuerpo dan cuenta de ello. Uno le había partido el rostro
desde la raíz de la oreja hasta la base de la boca, se le salían los dientes
por la mejilla en una forzada y torcida
sonrisa. Otra herida le había partido la cabeza a la altura de la frente y la
molleja. De las otras heridas no me acuerdo,estas que primero mencione captaron
toda mi atención .Los signos de lucha
eran evidentes la tarraja con que hacia relinchar a su rocinante, estaba partida en tres , no
permitía pensar otra cosa.Cuando faltaba el cuchillo y el fusil la cincha de
cuero arrollada en la mano y un trozo de madera a manera de bordón podían salvar la vida. Pero
por esta vez por más fuerza y lucha contra dos bien armados, el Tata Vargas no
pudo.
En el cerro que esta al pasar el río, rodeado por el cafetal, del lado
contrario de donde se acuesta el sol vimos moverse a lo lejos, desplazándose por entre los
almendros del claro dos bultos deseosos del escape.Pedro Marín también los vio eran los asesinos que como la Tulevieja espantada por la chispa reventada del fogón corrían colina abajo.
El juez que hacia el parte de la
muerte para poder retirar el cuerpo ya se había ido....
Eran días violentos, pero se
respetaba el duelo del caso.
Los cuatro guardias que llegaron a
levantar el cuerpo no fueron difíciles de persuadir, por unos cuantos
reales se unieron a la casa de los
bastardos.A uno lo mataron de un balazo el otro logro escapar.
Después de eso empezó la matanza. No se podían cruzar de frente ,los Vargas y los Calero, porque
corrían como ríos con agua violenta de sangre,las peleas eran cotidianas.
Morían en misa, en el bar, en la calle, en las cogidas de café ,en la
zafra,pero en las fiestas del santo patrón del pueblo, el divino niño, la
sangre corrió como nunca antes;machetes , palos , piedras, revólveres, fueron las herramientas, la obra final,como
nunca se había visto desde la guerra de la revolución .
Las familias se exterminaban hasta no poder. A los entierros solo
asistían mujeres sollozantes y niños huérfanos. Ningún hombres aparecía, porque
sería el detonante de una explosión de violencia, las velas de los muertos,
eran los lugares favoritos de ataque, no dejaban terminar ni el ave María y el
padre nuestro del tercer ministerio cuando interrumpían el rosario en carnicera pelea.La situación era
tal que mandaban emisarios , enviados de la parca muerte , a la casa de los
ataúdes, para matar a los hombres que llegaban a recoger la caja fúnebre.
De los Vargas en el pueblo solo quedo la señora madre, en su casa
entablada junto al guapinol. Quedó también todo un panteón poblada de blancas cruces celosamente apartadas como
agua y aceite.Las viudas y huérfanos de unos
llevan flores a la parte norte junto
a la capilla.Los familiares de
otros viajaban al lado opuesto , emigraban rumbo al sur con sus oraciones y
lamentos.
Maldita vida e implacable
destino, que puede ser venganza o mera casualidad .Federico el menor de los
Vargas, que había escapado ala ciudad logro sobrevivir y llevar una larga vida.
Encontró una mujer buena como la manzanilla, pura como el agua de manantial y trabajadora
como buey de carreta. De esa unión nació un solo retoño, signo palpable de ese
amor. Una niña hermosa de piel morena y cabello oscuro negro solo como la
pupila de su ojo ,su nombre era Maripaz del Milagro Vargas Calero.
Marcelino Calero no era culpable del crimen que el dedo acusador le
achacaba, pero él y las dos familias abonaron con sangre y lágrimas el terreno
de donde tal vez germine la última esperanza de salvación en este mundo de
incomprensión y violencia.
EN LA NUBE DEL OLVIDO HAY UNA LUZ DE RECUERDO,
ESA ERES TU QUE PARA MI NO HAS
MUERTO.

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