Reporte de voluntariado: Camerún 2017
Pinceladas de una aventura

  La unión de varios milagros y trocitos de buena suerte me llegaron a elevar en el asiento número 36f de un avión de “ethiopian airlines” rumbo a una aventura de 3 meses que antes había considerado un tanto imposible. El continente africano que me había llamado por mi nombre y estaba listo para convertirse en mi hogar por ese corto tiempo que la visa en mi pasaporte había establecido. La emoción era grande y las imaginaciones sobre lo que encontraríamos allí perdían cada vez más de importancia, porque iban a ser los 5 sentidos mismos de mi cuerpo que descubrirían las respuestas.

  Los 4 que viajábamos juntos desde el aeropuerto en Alemania nos convertimos rápidamente en una pequeña familia de características y relaciones bastante peculiares: Elisabeth Neier, la conocida doctora austriaca que ya llevaba 30 años en Camerún y regresaba solo de visita una vez al año a europa y además es mi tía. Sandra Regensburger de 19 años, que acababa de terminar un colegio técnico en construcción y que pensaba empezar a estudiar medicina luego del medio año de voluntariado. Nikolai Köhle de 19 años, alemán que acababa de terminar el colegio y al no entrar en el servicio civil del que esperaba formar parte, consiguió con ayuda de su madrastra la oportunidad de viajar con nosotros para trabajar. Último elemento de esa familia colorida era yo, Sarah Celeste Melara, con múltiples nacionalidades y aun mayor cantidad de patrias, que generalmente vive en Costa Rica y estudia artes dramáticas y antropología.


  La llegada fue percibida de formas muy distintas por los 4. En mi caso me inundó una sorpresiva sensación  de estar en casa. Mi mente comenzó a asociar lo que veía con lugares y cosas que conocía y las cosas extrañas fueron absorbidas como normales a gran velocidad. La capital de Camerún, Yaounde, nos recibió llena de gente, motos, taxis, música, casas y la palabra “NASARA”. Es así como se llama a las personas blancas. Más adelante llegue a saber que esto se debía a que los primeros  blancos que  llegaron como misioneros: al hablar estos tanto sobre el nazareno Jesús se les identificó como “nazaras”.

  El mirarme con otros ojos me hacía darme cuenta cada día más de lo extraños que somos. El pelo lacio que no se deja trenzar tan fácilmente, la piel blanca a través de la cual se puede ver el verde y azul de las venas, que se vuelve roja al lastimarla y aún más blanca al apretarla; las palmas de las manos y los pies que frecuentemente son más oscuras que el resto del cuerpo y por eso da la sensación de estar sucias, la nariz puntiaguda, la dificultad de encontrar colores que contrasten bien con la piel al vestir… Los niños eran quienes más detalles encontraban que nos convertían en algo fuera de lo común, y según mi opinión y la de Sandra, en gente fea. El cariño hacia la gente y la constante convivencia con personas de piel limpia, perfecta sin tantas marcas, manchas ni cantidades excesivas de pelo, y un color de contraste delicioso con cualquier vestimenta nos llevaron a decir entre bromas que ser blanco debe ser un error.

  Pero nuestra admiración no cambiaba la atención que provocaba nuestra piel blanca. “Nasara” se volvió rápidamente en nuestro segundo nombre al que respondíamos sin dudar. Las propuestas de matrimonio no se hicieron esperar y llegaban en gran cantidad de las formas más variadas y extrañas imaginables.

  La característica más molesta que las personas relacionaban con la piel blanca era el dinero, convirtiendo imaginariamente a cada persona de piel blanca en millonario. Podíamos entender que las personas que llegaban  frecuentemente eran europeas de clase alta que en ocasiones querían calmar su conciencia histórica o concreta jugando de caritativos. Pero esto se diferenciaba de gran manera con nuestra situación de estudiantes trabajando de gratis por varios meses. Buscábamos amistades reales y sinceras, que no dependan del color de nuestra piel.

  En fin, había una gran cantidad de conceptos preconcebidos que arrastrábamos con nuestra apariencia y yo me puse como meta personal poner estos a tambalear en la cabeza de las personas que se acercaban a conocerme. El mejor método que encontré fue el sentido del humor, porque al reír sobre ellos podemos sacarlos de la posición de absoluto. El resto fue el contacto directo con personas en específico, la conversación, la disposición a aprender y la risa compartida. Esa es una clave que me ha regalado la vida para enfrentar la mayor parte de personas y situaciones que me he encontrado en cada rincón del mundo que he visitado.

  Volviendo al inicio del viaje: el pueblito Ngaoubela se encuentra lejos de la capital y la primera aventura fue llegar hasta él. Llegamos a Yaounde un jueves en la tarde para pasar la noche en una casa de misioneros. El plan era salir al día siguiente en el tren  Ngaoundal (un viaje de 12 horas) y de ahi tomar un taxi por 2 horas hacia Ngaoubela. Parecía ser la mejor opción al mirar nuestras 13 piezas de equipaje llenas de medicamentos. Pero la gran sorpresa fue que nuestra llegada coincidió con la entrada a clases y una celebración musulmana. Esto provocó que no hubieran boletos de tren para los siguientes 3 días y la gran mayoría de buses no trabajaran. La solución que encontró Elisabeth fue buscar boletos de bus para ir por el oeste del país. Después de 8 horas nos encontramos con todo nuestro equipaje en Bafoussam, donde fuimos recibidos por amigos de amigos de ella, que compraron boletos para continuar en bus esa misma noche. Al enterarnos que el chofer del bus suspendió el viaje de aquella noche nos invitaron a pasar la noche en su casa. Fue así como conocimos una familia de mucho corazón. La esperanza era salir a la mañana siguiente a las 8 am… Como era de esperarse el bus no salió hasta las cerca de las 12md.

  Para nosotras, que somos pequeñas, no fue muy problemático el tamaño de aquella microbus, pero en el caso de Nikolai que es muy alto fue toda una tortura. Poco después de haber iniciado el viaje rumbo a Banjo el camino de tierra destrozado por la lluvia empezó a causar complicaciones más serias. Seis veces fue necesario bajarse a empujar y jalar nuestro medio de transporte antes de Bankim, y antes de llegar a Banjo fue necesario bajar 2 veces más. El viaje que había estimado que haríamos en 8 horas se extendió a 17 horas. Sandra hasta llegó a dudar de la existencia de aquel pueblo. Llegamos a las 4am a Banjo y dormimos en casa de otro amigo de Elisabeth hasta las 8:30am. Luego de bañarnos y comer un gran desayuno salimos en un taxi para dejar detrás de nosotros las últimas 3 horas para llegar a Ngaoubela, pudiendo aprovechar así la tarde del domingo para acomodarnos antes de empezar con nuestro trabajo el día siguiente.

  Gente sonriente, vecinos y amigos de mi tía nos esperaban en la casa, junto con Rosine, la mujer que desde hace años cocina y lava la ropa para Elisabeth. Un punto doloroso de entender fue como los extranjeros que llegan a otros sectores del mundo se posicionan en un pedestal privilegiado, rodeado por su manto de caridad, y llevan esta “superioridad” a muchos aspectos de su vida cotidiana, como también lo podemos ver en ciertos extranjeros que llegan a Costa Rica, considerando normal tener a una persona encargada de esa clase de labores. Me propuse también acercarme a la forma de vida de los habitantes de siempre del pueblo, porque además de ser más interesante era lo que realmente quería conocer en aquel país. No había llegado hasta África para comer comida Europea y una vida de lujos.

  Para romper estos límites me ayudó mucho el coro de la iglesia del pueblo en el que empecé a cantar. Los sonidos de las voces y la vivacidad de la música me cautivaron desde el primer momento que los escuché. Por medio de ellos aprendí a cantar canciones en algunos de los 257 idiomas originarios de Camerún, que para ellos eran su lengua materna con las que solían hablar entre sí con algunos trozos en francés de por medio. Fue también por medio de ese coro que llegué a conocer más de cerca la vida dura de la mujer en Camerún: la cantidad de hijos, la convivencia en poligamia, el trabajo diario en la casa y el campo….

  Fue con ese mismo coro con el que me encontré durante 3 días en un encuentro de coros de la región donde había más de 400 personas y entre ellas yo era la única blanca. Fue una experiencia única e intensa ser el centro de la atención sobre el que se encontraban todos los pensamientos preconcebidos (y en parte bien justificados) sobre los blancos. Fue ahí la oportunidad de ampliar diciendo: los blancos no son solo los europeos o estadounidenses. Los latinos tenemos sangre africana también. También podemos cantar y bailar, aunque lo hacemos un poco diferente. Y que al llegar a África lo hago queriendo aprender a bailar y cantar como ellos, que también son mis antepasados.

  Me comencé a dividir entre varios escenarios de trabajo. Principalmente la escuela, el hospital y el grupo de teatro. El principal de estos era la escuela, al hospital iba en las tardes luego de cumplir con las clases en la escuela, y el grupo de teatro fue un proyecto que comencé a construir más adelante con el que ensayábamos en pequeños grupos en diferentes momentos de cada semana.

  La escuela primaria de Ngaoubela tenía la suerte de no tener demasiados alumnos, como lo solían decir los profesores. Tenía el kinder Maternal al lado, que después del segundo mes tenía 47 alumnos, preparatoria llamada Sil que tenía 34 alumnos, primer grado llamado CP con 49 alumnos. (Sil y CP tuvieron que ser unidos a una sola clase por falta de un profesor, dando así como resultado un grupo de 83 alumnos), segundo y tercer grado llamados CE1-2 de 68 alumnos, y cuarto y quinto grado llamados CM1-2 de 57 alumnos. Según lo planificado mi tarea era darle clase de inglés diariamente a todos los niveles (desde maternal hasta CM1-2), media hora a cada uno. Así lo llegue a hacer durante gran parte del tiempo, pero tocaba adaptarse y meterse a sustituir profesores cuando alguno de los profesores tenía un inconveniente. La primera semana fui solo observadora de diferentes clases. Las siguientes dos semanas estuve en el maternal sola dando “clase” (lo cual al inicio resultaba una tarea imposible) por la ausencia de la profesora, y así con otras clases en diversas ocasiones.

  Un aspecto de diferencia abismal con la educación que yo conocía antes de llegar a Camerún es el uso de los golpes como método educativo común. Los alumnos estaban ya acostumbrados a recibir golpes cuando se portaban mal, no conocían una respuesta o hacían desorden. Esto no tenía origen en la escuela, sino que se encontraba enraizado con la violencia en las familias. Tuve que darme cuenta por medio de muchos alumnos que los golpes de los profesores eran cosquillas en comparación con lo que solían recibir en la casa. Y tuve que entender con mucho dolor que yo, como voluntaria que viene por 3 meses, no puedo cambiar la educación de generaciones enteras, ni siquiera de los más pequeños.

  Existía a su vez la necesidad inmediata de posicionarme ante los alumnos. Mi autoridad era inicialmente del tamaño de un maní, y con grupos tan grandes de alumnos era insuficiente. Fue necesario mostrarle a los alumnos que conocía también el lenguaje que ellos conocían y que no temía a utilizarlo: de rodillas! se volvió la receta para demostrar que si estaba segura de necesitar mantener el orden en la clase y saber como hacerlo, sabiendo a su vez que esto no era un método que cause demasiado dolor o molestia y no implicaba de alzar mi mano contra nadie. El punto máximo, en el que los alumnos reconocían que habían topado con el límite de mi tolerancia era cuando a un alumno lo mandaba a estar en “position quarante”, que eran los pies elevados en la pared y las manos como apoyo en el suelo.

  La otra complejidad de la clase se encontraba en enseñar los contenidos del plan de estudios sin encontrar gran parte de las bases necesarias para esto. Así me pude reencontrar con el rostro desesperado de mis profesores de inglés del colegio, cuando descubrían que más de la mitad del grupo llegaba a niveles altos sin bases y les tocaba hacer trabajo veloz de reconstrucción. La repetición y el juego eran las claves que lograban ayudar de forma lenta pero segura en ampliar el vocabulario de los alumnos. Las últimas semanas trabaje en conjunto con Claire Stevens, una chica de Estados Unidos que según el plan debía asumir las clases de inglés después de mi partida. Trabajar en conjunto con ella facilitó muchos aspectos prácticos y básicos de la clase, permitiendo avanzar de mejor manera.

  La otra parte de gran aprendizaje para mí era la hora del recreo. Soy una persona que ama jugar y los niños me llevaron entre un circulo de gritos y emoción a ser parte de sus actividades del recreo. A saltar cuerda, a jugar juegos de zapateo complejos, de manos, de cantos y danzas. Fue ahí cuando tantos cantos y danzas de los Scouts se escucharon en toda Ngaoubela: Omachete, merequetengue, eh alele, fliflaiflo, guanachichiguana, manganga y muchas otras fueron recibidas con cariño y emoción y algunas fueron variadas sin querer para volverse aún más rítmicas y bailables, y de alguna forma más de ellos. Muchas de esas palabras llegaron a convertirse en mi nombre cuando yo pasaba por el mercado o las casas del pueblito.

  El trabajo en el hospital inició en una bodega grande llena de elementos médicos como los son catéteres, material para suturas, vendajes, máscaras de oxígeno y anestesia, jeringas, etc. Había grandes cantidades de material muy valioso escondido en aquella bodega, pero a causa del desorden exagerado no era posible saber qué había, ni menos encontrar lo necesario en una situación de emergencia. Por este motivo nos dimos la tarea de arreglar aquella que llegamos a llamar en bromas la “cueva del horror”.

  Por otra parte el primer mes en las noches ayudaba a Sandra a hacer los ejercicios de Fisioterapia con lo pacientes que le habían encargado. Eran ejercicios sencillos de entrenamiento de piernas y brazos para evitar que estos pierdan su fuerza por la larga hospitalización. En otras ocasiones, los fines de semana o algunas noches, intentaba apoyar a Elisabeth con lo poco que podía. Generalmente se trataba de buscar medicamentos o material de la bodega, sujetar pacientes, vaciar bolsas de orina o heces o ser la tercera mano para pasar lo necesario al limpiar una herida, escribir en el registro, hacer vendajes o administrar algún medicamento.

  El grupo de teatro que abrí inicialmente para niños de la escuela era un grupo colorido, variado y cambiante. Comenzamos a preparar una historia sobre un pescador y un ser del agua que elegí por la coincidencia que encontré con las historias de Mamiwatta que contaba la gente del pueblo. Mamiwatta es una mujer que vive en el agua (en ríos y lagos) y tiene el cabello largo y lacio. Fuimos armando una historia de amor de un pescador con una Mamiwatta llamada Aglaia, un monstruo y la necesidad de la alegría. Por diferentes odiseas del proceso fue necesario reducir el tamaño del grupo, hasta terminar siendo de solo 13 niños que se presentaban, actuaban, bailaban y cantaban con migo en mi último fin de semana, frente al hospital.

 Quizás lo más mágico de una experiencia como esta es encontrarse con uno mismo fuera de los esquemas y etiquetas que hemos cargado cotidianamente, para encontrarse en una situación diferente (probablemente llena de nuevas etiquetas) y observar la propia actitud y reacción ante estas. Es de cierta forma una lupa para observar nuestro carácter, capacidad de reacción y los propios límites. Creo que por esa razón no puedo comparar ninguno de mis viajes. Lo que puedo es ver cada vez con más claridad las piezas de rompecabezas de los que estoy construida como persona, entender mejor el mundo que vive en mí al conocer el mundo en el que vivo yo. 

  Bailes, palabras y actitudes me dejaban con la boca abierta, porque ya las conocía desde mucho antes de pisar el continente africano. Nunca antes había podido comprender la magnitud de la herencia del continente africano en nuestro continente, y más allá de generalidades, en nuestras vidas en específico. Más allá de un encuentro simbólico con un pasado histórico de esclavitud, o aún más atrás en la historia, de aparición del primer homosapiens, pude encontrar la cuna de la humanidad, el ombligo.

  Aparte la belleza del paisaje que nos recibió, las amistades sinceras, como también las superficiales, con su sabor tan único y particularmente pintado de sabor propio de Camerún se ganaron un sitio único en mi corazón. Agradezco de todo corazón a todos y todo lo que permitió esa experiencia tan única en el mundo, porque solo la puedo describir con una palabra: MILAGRO.

Sarah Celeste Melara, con múltiples nacionalidades y aún mayor cantidad de patrias, que generalmente vive en Costa Rica y estudia artes dramáticas y antropología. 



Comentarios

Entradas más populares de este blog